Hay una lógica que parece de sentido común: si algo te hace daño, aléjate de ello. Funciona muy bien con una estufa caliente. Funciona mucho peor con la ansiedad, la tristeza o el miedo.

Con el malestar emocional pasa algo contraintuitivo: cuanto más esfuerzo ponemos en no sentirlo, más espacio termina ocupando en nuestra vida. A esto, en psicología, lo llamamos evitación experiencial.

La trampa de la evitación

La evitación experiencial es cualquier estrategia que usamos para no tener contacto con pensamientos, emociones o sensaciones que nos incomodan: distraernos, posponer, evitar situaciones, sobrepensar buscando "la respuesta correcta" antes de actuar, e incluso mantenernos ocupados todo el tiempo para no parar a sentir.

El problema no es que estas estrategias no funcionen. El problema es que funcionan demasiado bien a corto plazo, y eso es justo lo que las hace tan difíciles de soltar.

Un ejemplo cotidiano

Piensa en alguien a quien le da pánico hablar en reuniones de trabajo. Si evita hablar, la ansiedad baja al momento. Ese alivio inmediato le enseña a su cerebro una lección clara: evitar funciona. La próxima vez le costará todavía más hablar, porque la evitación se ha reforzado.

Mientras tanto, el problema de fondo (el miedo a hablar en público, o a lo que puedan pensar de él) sigue exactamente igual, o incluso crece, porque nunca ha tenido la oportunidad de comprobar qué pasaría si hablara.

Entonces, ¿la alternativa es "aguantarse"?

No. La alternativa no es sufrir en silencio ni obligarte a sentir cosas que no sientes. La alternativa es la disposición (willingness): estar dispuesto/a a que aparezca el malestar, sin que eso determine lo que haces.

Aceptar no es resignarse. Es dejar de gastar toda tu energía en la guerra contra lo que sientes, para poder invertir esa energía en lo que realmente quieres construir.

Qué se trabaja en consulta

  • Identificar qué estás evitando en realidad, y qué te está costando evitarlo.
  • Diferenciar entre malestar útil (una señal a la que conviene hacer caso) y evitación automática.
  • Practicar, poco a poco, la exposición a aquello que evitas, con un plan y sin prisa.
  • Construir una relación distinta con tu malestar, en la que no tenga que desaparecer para que tú puedas avanzar.