Hace poco he estado leyendo Amor líquido, de Zygmunt Bauman, y me ha dejado dando vueltas a algo que veo una y otra vez en consulta: vivimos con la sensación de que "hay que" tener pareja, y al mismo tiempo nos aterra comprometernos de verdad. Queremos vínculos, pero en cuanto empiezan a pedirnos algo real, salimos corriendo (o nos quedamos, pero solo a medias).
El amor como inversión
Bauman habla de cómo la lógica del consumo se ha colado en la forma en que nos relacionamos. Hablamos de "invertir" tiempo en una relación, de que alguien nos "aporte" cosas, de que el vínculo tenga que "compensar". Es el mismo lenguaje que usamos para hablar de un producto, aplicado a una persona.
Y cuando algo deja de "rentar", la solución que ofrece esta lógica no es reparar, sino sustituir. Si un electrodoméstico se estropea, no solemos arreglarlo: compramos otro, mejor, más nuevo. Con las relaciones empezamos a hacer algo parecido: en cuanto aparece una dificultad, en vez de preguntarnos qué podemos trabajar juntos, empezamos a preguntarnos si esta es "la persona correcta" o si habrá alguien mejor esperando en algún otro sitio.
Por qué preferimos sustituir a reparar
Aquí está la paradoja con la que me encuentro constantemente: por un lado sentimos la presión de tener pareja, de no quedarnos "solos", de encajar en ese formato que se espera de nosotros. Por otro lado, en cuanto una relación empieza a pedirnos compromiso real (constancia, vulnerabilidad, resolver los conflictos en lugar de huir de ellos), aparece el miedo.
Evitamos profundizar porque profundizar da miedo. Nos quedamos en vínculos a medio gas porque romper también da miedo.
¿Y si hay algo mejor ahí fuera?
Detrás de todo esto suele haber una pregunta que casi nunca se dice en voz alta, pero que actúa todo el tiempo: ¿y si hay alguien mejor esperando ahí fuera? Es una pregunta que, por diseño, no tiene respuesta (siempre se puede imaginar algo mejor, en cualquier momento, con cualquier persona), así que perseguirla no lleva a ningún sitio. Lo único que consigue es que nunca terminemos de estar del todo donde estamos.
Desde la terapia contextual no trabajamos para que esa pregunta desaparezca (probablemente no lo haga nunca del todo). Trabajamos para que deje de decidir por nosotros. La idea no es evitar la incertidumbre, es actuar con ella presente: elegir seguir construyendo algo sabiendo que no hay garantías, sabiendo que en teoría "podría haber algo mejor", y decidir invertir igualmente en lo que sí tenemos delante.
No sé si en tiempos líquidos existe una forma "correcta" de amar. Y quizás esa ni siquiera sea la pregunta importante. La que sí merece hacerse, de vez en cuando, es otra: eso que evitamos de una relación (o de todas), ¿tiene que ver de verdad con la otra persona, o es el miedo a quedarnos el que está hablando?